domingo, 22 de mayo de 2011

Qué largo se hacía el pasillo hasta la cama.

Sentir tus labios por mi cuello, decirte que te amo, que me digas que miento, que me empujes a la cama, que te pongas encima mía, que nos quitemos la ropa, hagamos locuras, que nos durmamos juntos, abrazados como si fuese la última vez, besándonos, sin dejar de mirarnos, repetirnos una y otra vez lo mucho que nos queremos.
Que suene el despertador, que me encuentre solo, abrazado a la almohada, con los pantalones vaqueros puestos, y que mientras esté desayunando me sienta triste y piense en que todo era un sueño.
Que de pronto vengas tú, me abraces por la espalda, que ponga cara de alegría, que te diga que te había echado muchísimo de menos, que me des un beso, que me des otro beso, y otro más.
Que me vuelva a sonar el despertador, que me de cuenta de que me había vuelto a dormir y que se me está haciendo tarde. Que maldiga a los putos sueños y me vaya a lavar la cara.
Que piense que no ha sido un sueño, y que de pronto vendrás tú y me abrazarás por la espalda, y me darás un beso en el cuello. Y otro. Y otro. Y otro más.

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